La labor silenciosa de quienes corren hacia lo desconocido

Si bien es cierto que los paramédicos de Protección Civil acuden a cada llamado sin importar la hora, el día o el clima, pocas veces nos detenemos a pensar qué pasa por su mente cuando reciben una alerta y se suben a la ambulancia. Van rumbo a un punto desconocido, sin saber si atenderán a un niño, a un adulto mayor, o a alguien en estado crítico. Son minutos en los que el corazón late fuerte, pero la mente debe mantenerse serena.

En días recientes, recibieron el reporte de un menor de edad con una fractura en su bracito. El tiempo era crucial: encendieron las sirenas y llegaron de inmediato. Le brindaron los primeros auxilios y, durante el traslado, una de las paramédicas se inclinó hacia él y le habló con suavidad, buscando calmar su llanto, su susto, su miedo. En ese instante, no solo estaban atendiendo una lesión; estaban cuidando un corazón asustado.

Horas después, el destino los llevó a una escena muy distinta. Este sábado recibieron el reporte de olores fétidos en una vivienda ubicada en la colonia San Francisco, sobre Paseo de la Reforma. Al llegar, esperaban encontrar quizá algún animal sin vida. Pero la realidad fue otra: había un hombre fallecido desde hacía varios días. Los paramédicos quedaron frente a una imagen dura, humana, triste. Sus rostros reflejaban un silencio respetuoso, una mezcla de confusión y pesar. Ellos mismos llamaron a las autoridades correspondientes para iniciar las investigaciones y el levantamiento del cuerpo.

Porque así es su labor: salir de base, enfrentar lo desconocido y regresar cargando no solo cansancio físico, sino también emocional. Van con la esperanza de salvar vidas y con el deseo profundo de no perder ninguna. Y aunque en cada trayecto sus vidas también corren peligro, ellos eligen poner primero la vida de los demás antes que la suya.

Ser paramédico no es solo una profesión: es una vocación que nace desde el corazón. Y aunque su trabajo muchas veces pasa desapercibido, cada sirena que suena en la noche es un recordatorio de que hay alguien dispuesto a sacrificarlo todo… por el bien de los demás.

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